Año 2028, nos ha quedado la libertad de mirar el calendario, y nada más.
El Consejo de Manutención de la Paz y Equilibrio Social confirmará mañana por la mañana que en la patria de hoy, los románticos morimos por atrevernos a sentir algo más allá del miedo; condenado (porque el veredicto ya es de conocimiento popular) por atreverme a soñar fuera del régimen...
Conocí un mundo ideal, mi mundo ideal... "el" mundo ideal. "No camines siempre por estas calles frías y desmemoriadas, pues te convencerán que el mundo es frío y sin memoria. Más allá, más todavía hay un lugar donde la piel se eriza y se sublima, se contrae y se viaja, y el calor no es un calor de asfalto, de ciudad, es uno de paz y de entraña. Y el sol recuerda todo cuerpo que ha, tímidamente, entibiado". Fui detenido cuando caracterizaba... no, cuando presumía la acuarela mental que conservé de ese mundo. Un mundo que conocí en los ojos de una chica. La chica más bella, con la piel más tierna y una voz afinada por mil noches de primavera.
Creo que ahora debo explicarles que hoy en día no nos es permitido enamorarnos. No está escrito en ninguna ley, y sin embargo todos los desdichados que nos enamoramos sufrimos la doble mala suerte de 1) enamorarnos y 2) suplicar por que no nos encuentren culpables por "alteración del orden público" y, por consecuente, desaparecernos. Los matrimonios arreglados otorgan tranquilidad al régimen que goza de "arreglar"las interacciones sociales. Trata de legitimarse a sí mismo eliminando algunas "libertades" que harían cuestionar su legitimidad. Por supuesto, hay estratos en los que se permiten cualquier libertad, cualquier amorío, e incluso romance, si es que saben hacerlo.
Estoy jodido, ese es mi caso particular, yo más que nadie lo sé. He promulgado alguna clase de independencia con la cual los gobernantes no "concuerdan"; he amado. Y aún lo hago. He amado desde el día en que la vi desde el exterior del restaurante francés de la calle Oriente 6. Ella tomaba vino con un joven; no reconocí en él ni un pisco de mí mismo, y es tal vez por eso que los delgados labios rosas de aquella mujer, tan delgados como un uso horario, nunca llegaron, ni llegarán a acercarse a mi boca. Pero eso no me priva de amarla, ni de amar con tanta fuerza la escena que vi por el gran vitral de aquel antiguo restaurante. Memoricé el fulgor del cortejo. El porte del joven cautivaba por completo la piel morena contraída alrededor de la sonrisa de la joven. El pie derecho del varón se estiraba tímido al presagio de un contacto con el zapato azul de la muchacha. Sus manos nerviosas revoloteaban por todo el lugar; cual mariposas parecían tener sólo un momento de vida, y querían tocar y moverse tanto como pudiesen. Parecía hablar más de lo que sus pulmones y cuerdas bucales sabían. La joven sesgó un poco el cuello y su cabellera negra invadió la soberanía del decorado parisino del lugar. Presentó sus manos altivas para esculpir el aire a su alrededor. Pestañeó un par de veces y entonces el joven había ya tranquilizado su cuantiosa estructura, respirando el perfume de escarcha y pino de ella. Y ella, como debía hacer en cuanto lugar se mostrase, permaneció memorable para ese momento, para ese lugar, para el corazón del que respira sueños, para la geografía de un mundo mejor, un mundo ideal.
Estoy jodido, eso lo sé mientras me acuesto en mi celda. Sé que mi sentencia es irremediable. Me acuesto, sabiendo que en unas horas dejaré de estar despierto y de estar dormido. El Consejo me hallará culpable y desapareceré.
Recuesto la cabeza sobre la dura almohada, tan dura como el frío de la noche. Es un frío que hoy como todos los inviernos deja nívea escarcha sobre los árboles y plantas de la ciudad, y sobre los barrotes de la ventana de mi celda que da hacia el Oriente, por donde está esbozándose el calor de un amanecer.
-Ricardo Arreola Partida
Recuesto la cabeza sobre la dura almohada, tan dura como el frío de la noche. Es un frío que hoy como todos los inviernos deja nívea escarcha sobre los árboles y plantas de la ciudad, y sobre los barrotes de la ventana de mi celda que da hacia el Oriente, por donde está esbozándose el calor de un amanecer.
-Ricardo Arreola Partida
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