Un hombre camina por los mosaicos de la galería de arte de la ciudad capital. Contempla el festival multicolor esparcido a sus anchas por el cuarto atestado de "monos"; así es como él se contenta de llamar a las personas alrededor suyo. Permanecen tan serios frente al lienzo principal, uno de no más de 70x100 cm que captura de manera casi abstracta el acto sexual de 2 formas rosadas, tratando de capturar las horas, el trasfondo y los nombres encerrados y que forman aquella estructura rectangular. "Puramente el arte por el arte" pensaba el hombre. Un hombre sin edad. Este hombre que convenía en declarar a quien estuviese dispuesto a escuchar, que la apreciación de una obra de arte no debía estar relacionada con otras 100 personas en un mismo cuarto, o la promesa de canapés apenas decentemente horneados y vino blanco, o la intensidad con la que las lámparas del techo cubren con su luz los cuerpos. Un hombre sin tiempo. "La apreciación del arte..." una vez más quería determinar exactamente los sentidos y los factores que debían de ser precisos en esta cuestión. Caminaba y sentía sus zapatos incómodos y su chaqueta se volvía cada vez más informal con el paso de los sacos. Decidió que no habría forma de aclarar sus pensamientos con respecto al arte en esa galería en esa noche. Casi expuso con orgullo su derrota al sentir que podría conducirse junto al gremio distraído y, tal vez, emborracharse un poco.
La sorpresa llegó a él justo cuando estaba dispuesto a irse para comprar cigarrillos. Se encontró mutilado de repente del experimento del que formaba parte. Sus pulmones se ensanchaban con una frecuencia que dilataba la calma con la que se había conducido toda la noche. Sus pupilas inhalaron de pronto la luz de las lámparas de techo y se fijaron en el único cuerpo que le produjo el querer haberse vestido más elegante. Una mujer de alrededor 20 años y que debía encontrar en esa galería, a las 10 pm, una amiga con la que finalizando la exposición beberían unas copas en algún bar cercano. Un ser de piel apenas coloreada que mantenía al hombre en un suspenso agónico cada que cambiaba de dirección su mirada. Quiso capturar su semblante perfecto, frágil y preocupado, pero no pudo más que sentirse indefenso, inútil. En su corazón se escuchaba cuánto apreciaba a aquella muchacha.
Tomó un copa de vino blanco y al cuarto sorbo su apenada mirada dio con la de ella forzándolo a juntar todas sus fuerzas para pasar un poco de saliva. En la mirada preocupada del hombre pudo ella notar un suplicio, una flama. En menos de un segundo ya habían volteado a diferente dirección. El hombre posó su mirada en el cuadro principal que se exhibía, entrecerrando los ojos e inclinando un poco la cabeza hacia su lado derecho, pensando que podía realmente atestiguar en los colores del cuadro el sentir del autor, queriendo que aquellas formas rosadas de pronto se volvieran réplicas de él y la muchacha, y dándose cuenta que se había convertido en uno más de los monos de aquella galería salió rápidamente, compró una cajetilla de cigarros y bajo la noche estrellada y en el frío hiriente, esperó, con un cuchillo escondido en su chaqueta que la muchacha saliera de la galería, deseoso de poder hablarle de arte, de historia, de Van Gogh, de Kandinsky,...
De amor.
-Ricardo Arreola Partida
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