Introducción
Le gustaba
comparar sus personajes con Hemingway; no con los personajes de Hemingway sino
con Hemingway mismo. Tampoco es que le gustara comparar a sus personajes con
Hemingway, sino que traía a Hemingway en la cabeza desde hace ya algunos
finales de novelas que había leído (novelas de Hemingway); novelas que lo
habían impresionado definitivamente como para apartarlas de cualquier contexto
literario.
Cerveza (Acto 1º)
Su cerveza
helada se calentaba en su mano derecha. Daba un trago cada tanto en el que su
pensamiento bloqueaba algún recuerdo. Pero no se resignaba a seguir pensando
todo lo que componía su enmarañado interior.
-Conejito,
sírveme otra cerveza.
-Enseguida,
Hector, no me llames “conejito”; ¿clara u obscura?
-Igual que la
anterior. Igual que todas, conejito.
-¿Conejito? La
última vez que escuché que alguien se refería así a una chica fue dentro de un
libro, dentro de los diálogos del mismo; dentro de la mente de Hemingway, me
parece, fue donde se originaron esos diálogos- un hombre al costado derecho de
Hector dijo con voz impaciente y severa, como queriendo hilar historias hasta
que alguien escuchara la suya. Tomaron varios tragos que parecían afectar más a
Hector que a al otro hombre, y sin embargo, hubo un momento de lucidez en los
ojos de Hector que le permitieron distinguir una embriaguez perpetua en el
rostro de su acompañante. El hombre soltó una sarta de historias que Hector apenas
podía recordar a la mañana siguiente. Hector dijo hasta el final que aquel
hombre extraño, que solo vio una vez en su vida, le sembró algo en su mente,
que esa influencia desarmó su conciencia y yació indefenso para siempre dentro
de su cabeza.
Conejito (Acto 2º)
-Conejito,
¿podrías besarme alguna vez? ¿Serías capaz?- Estaba tan ebrio como para dejar
de filtrar las palabras por su lengua. Hizo su pregunta y se le quedó mirando
piadósamente. Ella parecía un poco asustada, sus ojos grises parecían mirarlo
con extrañeza; poco a poco se tornaron negros. Ya no le tenía miedo.
-¡Sí serías
capaz! ¡Lo he reconocido en tus ojos! –Hector poco a poco empezó a soltar
lágrimas tras lágrimas- ¡Sí que serías capaz de quererme!
Final (Acto 3º)
Entre su barba de 3 semanas se esbozó una
sonrisa que poco a poco empezó a ganar tamaño. Miraba por la ventana cuando
empezó a crecer aquella sonrisa, y para cuando terminó de crecer ya había
volteado la cara y dicho con tono infantil: “Mira cuánta nieve, conejito, ¿qué
opinas si salimos a disfrutar un poco de la blancura que nos regala la
tempestad?”. Salieron de la cabaña juntos; dentro de la cabaña había fuego,
comida e intimidad, y a pesar de que se permitían apenas unas cuantas
distracciones de su hivernación sexual salieron desnudos, con el único fin de
impregnarse de aquella blanca sustancia que manchaba el bosque aquel día. Para
correr tardaban más que de costumbre; de igual forma no paraban. Direcciones
aparecían aquí y allá; carreras empezaban en un santiamén para terminar en
otro; frías las piernas de Hector andaban tras su chica, sus piernas lo volvían
loco, hablo de las suyas por no poder alcanzarla; quería alcanzarla para
morderle una oreja y susurrarle que el frío podría ser un problema, pero que si
ella no se negaba le haría el amor en esa cama nevada porque le parecía la
chica más Hermosa del bosque.
Ella se había alejado pero Hector seguía tras
sus pisadas; la evidencia del único crimen que fue jugar a esconderse para que
la atraparan, para que la atrapara Hector pero que al final fue una trampa
puesta por cazadores la que desposó a la coneja para siempre. Cuando Hector
llegó hasta ella, la pata trasera estaba atrapada, soltando sangre a montones;
el pelaje de su cuerpo no le ayudaría a permanecer caliente, no. Movió la nariz
y miró a Hector como desconociéndolo, un gesto casi cruel que la ataba al
corazón roto del único demente que en verdad la había amado. Permanecía
inquieta, sabiente de su destino; su naturaleza inmutable casi se quebranta al
ver a Hector llorando. El sol de mediodía comenzaba a derretir alrededor, el
sol llegaba por entre las ramas de los árboles hasta la frente de Hector que
ahora veía el pelaje blanco de su chica sobre la tierra y la nieve, un
escarlata escalofriante esparcido entre las memorias del despiadado amor.
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