Era él alguien que tenía más discos de The Cure que metas en la vida. No era alto, no tenía un aspecto muy masculino, y cuando caminaba parecía que se iba de lado. En su rostro no se reflejaba ni el más mínimo interés en adaptarse a la vida monotonizada de quienes a su alrededor decían "vivir". No tenía ojos cafés. No tenía cabello largo, ni corto. Sus labios secos la mayoría de los días encerraban una sonrisa, tal vez, demasiado amable para compartirla con los globalizados pensamientos de la gran mayoría. Con sus zapatos desgastados normalmente apresuraba el paso persiguiendo las sombras de los árboles que, conforme rota la Tierra, su planeta natal, van girando y cambiando. Otro claro ejemplo de que en este mundo todo cambia, se transforma. Su lugar preferido siempre fue bajo la sombra de los sauces llorones. Justamente cuando iba persiguiendo la sombra de uno fue que se encontró con ella por primera vez...
Ahí, recostada en su silueta de amanecer casi perfecta, con unas gafas oscuras para el sol y con un rostro que utilizando todas sus capacidades descriptivas solo pudo describir como "indescriptiblemente bello" lo vio acercarse, indeciso. Indeciso, se acercó y vio cómo lo bello de su indescriptible rostro simplemente se maximizaba. Se recostó del lado contrario del sauce y trató de recordar la letra de una canción, cualquier canción de The Cure. Un ritual que tenía desde que su madre enfermó de cáncer que le daba tranquilidad y paz. La verdad es que sólo podía pensar en que al otro lado del rugoso tronco se encontraba ella. Hablaron. Sus voces congeniaron en una sinfonía que sólo pudo ser escuchada por el árbol que se elevaba en torno a ellos. Dichoso día en que los 2 se sintieron acompañados por primera vez desde hacía mucho tiempo. ¿Cómo sabes cuando sabes? Esta pregunta se cruzó por las mentes de los 2. Sí, ella, maravillosa y de inalcanzable procedencia gustaba de él.
Indecisos y escépticos con respecto a las historias de amor, entrelazaron sus manos como por intuición. Como si toda su vida y todos sus actos simplemente ocurrieron para que ése día pudieran sentir la mano de alguien más tomar la suya con ningún temor y aferrarse a ella con todas sus inseguridades para volverlas insignificantes. El momento más asombroso de sus vidas. Se veían a los ojos y sonreían simplemente porque se sentía correcto. Nada les preocupaba.
Por la noche, cuando tuvieron que partir a sus respectivos domicilios, olvidaron decirse sus nombres. Para ellos no importaba a qué nombre venerar sino a qué persona compartir sus miedos y desdichas. Soltaron sus manos. Las yemas de los dedos también tuvieron su increíble historia al hacerlo. Los 2, ambos tarareando "Just like heaven" se alejaron poco a poco, sonriéndole a las luciérnagas y a la oscuridad, seguros de que algún día se volverían a encontrar, tal vez de nuevo bajo la custodia de otro sauce llorón o simplemente, de lo que para ellos era aún más apreciable y amado... en un recuerdo.
-Ricardo Arreola Partida.
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